Tráfico
30 septiembre 2011
Manuel maltrataba el acelerador invadido por el ritmo trepidante de una canción. El coche responde enfebrecido al ímpetu de cada compás, y Manuel domestica el asfalto a la velocidad de la luz tenue de la última hora del día. Tiene la barba desaliñada de hace semanas y la fuerza de una noche vencida y anclada en la sien, y cercos del alcohol cristalizado en la comisura de los labios. El gasoil se vaporiza dibujando una estela de ambigüedad a la bruma otoñal. La quinta astilla el cambio.
María se balancea en un estándar de jazz rayado en un viejo cedé mientras sueña la soledad de su cama. Una mala presentación en power point, un trabajo desapasionado en un cuarto piso, una nueva afrenta con su jefe por la mañana. La línea negra del lápiz de ojos descolla por encima de unas pestañas que abrigan una mirada exánime. La suciedad del parabrisas amarillea la senda recta y alienante del cada día a la misma hora de la vuelta a casa.
Para el otoño y el tiempo marchito
25 septiembre 2011
Valientes luces de semáforo que dan paso a la aurora y conminan al tiempo a hacer frío.
Clic, clic, clic, clic, una orden sincopada, nos confunde el intermitente en el lamento de una canción borrascosa mientras la lluvia lame el coche, trémulo abrigo entre los dos, móvil de nuestra huida enconada.
Nunca vamos a la vez al malecón del olvido, donde la piel tiene memoria como las horas muertas al sol. Nuestro sino no es nuestro destino sino una terminal que sale de mí y termina conmigo.
Días
15 septiembre 2011
Vaya por delante el bagaje que asedia cada nuevo paso que emprendo: cada pegada proyecta la estela de un movimiento titubeante y fugaz. La fe minusvalora por vocación la aparición unívoca de cada mañana. Los días restallarán en la memoria del tiempo postrero pese a que actualmente, al hilván del reloj, al pulso de las letras en un fútil afán de atravesar la calle y propiciar cambios audibles, se concatenan desdibujados, comprometidos por costumbre de menos a nada.
Las ciudades se construyen para vivir y luego auspician en tu favor recodos parcelados, espacios sin humos y humanos, desesperanzas urbanas.
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A fraga
9 septiembre 2011
A choiva devalou o teito eléctrico e como un paxaro desamparado no negror do bosque parou de súpeto. Logo arroibouse o ceo amañando a previsión de nubes e claros da vindeira mañá. Camiñabamos perseguindo a forza do río que, obstinado contra a estiaxe, labraba o terreo como unha serra de cadeas, efervescía remuiñando entre as pedras e amosáballe ás árbores a súa cara espectral.
tormenta
22 agosto 2011
mientras la noche estalla enfurecida por la ausencia, devengando el usufructo de la tierra y el cielo de la boca, escucho una nota sostenida al hilván de un haz de luz trémulo y sueño tu camisón de seda franqueando el paso, ungido por el aire untuoso de una habitación, honesta y sin cicatrices por una vez.
Alguien o Nadie
22 julio 2011
Un beso lo mató a discreción y la vista arrugada de una pared le franqueó la puerta.
Ciudades
13 julio 2011
Quedan ciudades que devoran la luz y apolillan el suelo que pisan. Autodestructivas.
Lugares ignotos de hogares remotos y rotos para cada jirón. Terremotos de fallas abruptas que forman esquinas. Comisuras espásticas que dicen que no.
La noche se desmitifica porque el amor, las postales o una guitarra son claroscuro, fabrican historias y luego se van, generan recuerdos fungibles. Ser-viles derrotas que mojan la almohada.
Vertiginoso, gravoso, mugriento, curioso, molesto, apestoso, macilento, vistoso el telón que descubre la acera, esa tierra baldía, una puerta al pasado, cada vaso sanguíneo de un bar a otro bar y luego a otra acera.
Capital de un erial, yerma autopista hacia el suelo.
Sueño
10 julio 2011
dormir es el modo proverbial de perder un sueño. no hay luz en los semáforos y en cada escena de acción alguien se cae al vacío. Una complejidad espera en cada doblez en el mullido de la almohada. Una y otra son la primera ocasión, los besos, corrientes neuronales, bioquímica preestablecida. En duermevela se arrellana la razón. La aurora es una fase terminal, despertarse, caminar al olvido.
hoy
2 mayo 2011
Hoy he embridado los instintos, me he desfibrilado el corazón como una estatua de sal frente a tu ventana. Tengo un pasaje de acera que pasó justo delante en el momento preciso. La persiana corría, desinhibida, sobre el riel; mientras yo me imaginaba abriéndome paso a tu piel, retirándote el pelo de la cara, varando en una cala de tu ombligo.
2ºE
15 abril 2011
Mario discute consigo en un reservado. Incontroladamente quieto. Una mosca entra en barrena sobre su cabeza mientras la lengua esforzada dibuja un cercado sobre el cielo de la boca hasta posarse en una caries que sabe a metal. Una caries que es como el grumo ferruginoso del forjado que ronda su casa. Pedirá cita, estoy seguro, al salir de esta.
Porque Mario se encuentra ahora bajo una camisa, una chaqueta, un aerosol de laca. El cuello duro de almidón. La tela estampada a cuadros, como el rictus que lo entierra en la nota de agencias que disimula un desconchado en el periódico. A medio camino de casa.
“Aparca bajo el puente, sigue con los ojos el final de la rampa y tuerce en la segunda bocacalle. Timbra al 2ºE”. Mario esquematizó mentalmente la descripción sin necesidad de tomar notas. La calzada en rampa era un puente colgante sobre la acera. El Fiat gritó de dolor en segunda velocidad. Mario se enfrascó en un caudal de conjeturas y cuentas inexactas, impredecibles hasta dar el paso. La sangre bombeaba al punto débil. Dos minutos de pensamiento y ya se hubo de enjuagar el sudor, que le horadaba las sienes como el meandro esculpido de un río.
Dos minutos más tarde coronó la cima de la calle y, dos minutos después, la cima de la escalera donde, en lugar de estar detrás, la pared escarpada, la sima, el precipicio daban vértigo delante. Dos minutos después alcanzó la cima del silencio. Dijo hola a las alfombras, a las estanterías, a las cortinas, a los zócalos, a las bombillas, a la vajilla en la encimera, a todo objeto situado en la línea de fuga. Dos minutos después superó la cima del mundo, le renquearon las rodillas, ganó ingravidez por décimas de segundo. Luego desfalleció bajo el viente arbolado de aquella mujer de efectos en cadena.
