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5 octubre 2011
El desconchado del paramento del primero, contusionado a balonazos de los críos, afligido por la crueldad de uno y otro invierno, no es lo peor. De puertas adentro hay humedades que atraviesan suelos, paredes, frisos, ventanas, que calan los huesos, que forman láminas adheridas al cuerpo como una mortaja.
Pero de noche, en las treguas del verano sin clases, de los besos furtivos al pie de la playa, saltábamos el seto que circunda el tétrico jardín poblado de trozos de hormigón roto y escombros de acera. Salvábamos metro y medio de altura con la avidez del adolescente que barrunta su próxima acción y mira el futuro en las manos. Saltábamos al interior de un balcón inhóspito como la vida en el desierto, y fugaz, de paso, pero oportuno porque a los dieciséis toda intención eran fronteras. La bruma de la preamar que anegaba el pueblo bajo el fulgor de la estrellas nos mecía en el interior de aquel paquebote de motor de ladrillo, donde tantas veces formulamos promesas y practicamos deseos.
