día y noche

20 enero 2012

Piel refractaria donde se mece la luz y naufraga un suspiro. Amanece el vello ensortijado en comisuras, surcos, ombligo; el crepúsculo lo encrespa. Enero suave desde el balcón a la almohada cuando se deshace la luz. El mano a mano echa humo, relampaguea la noche en la herrumbre de los brazos caídos. Nunca hay olvido. Soy poeta que se abre la sien con palabras de hemeroteca, con los versos que adeuda un tercero.

 

por la ventana

9 enero 2012

Habría una noche de peaje con dulces venenosos para comer en la cama. Tendría que enmudecer y volver y volver. Decenas de kilómetros de carretera arrumado con ritmos viejos en el radio cedé. Cierto es que eso no ha cambiado. Se nutre de remordimientos. Recuerda y escribe saboreando el candor de una taza de té. Mira por el cristal tiznado de huellas dactilares, observa una imagen especular diluida en el vidrio, y, con el ceño fruncido, con ojos esforzados, en un interludio con la mente arrumbada, mira un tropel de estorninos que propagan el caos y luego se reagrupan y después vuelan kamikazes y, por último, le dicen adiós rasgando el cielo en el lienzo del atardecer.

café

18 diciembre 2011

Días más tarde se desternillaron de risa pero entonces se miraban con violencia, y era la primera vez. Ya pasó. De la cuenca al cerebro la rabia se disipó como el veneno en pocas dosis. Aunque habría que ver la afrenta de dos sostenida en una mirada mutua impía. Existe un breve interregno entre el frenesí y la crudeza, una especie de lámina de dos filos, ambos lacerantes. Segundos. Jaime recogió el estropicio y empleó mismamente un cojín para absorber los restos de café que ahora parece una mancha de humedad o un listón nudoso en la madera del suelo. La taza en las manos de Alicia era un vaso de cerámica anclado al torno, una forma inane, una chalana a la deriva en el proceloso cruce reactivo de palabras que acaban de pasar.

Oh, distance has no way of making love understandable


cielos

26 noviembre 2011

Señores pasajeros, descubran la ventana para ver a mano izquierda carruajes de nubes espumosas, castillos encofrados en el aire, residuos herrumbrosos de vapor, astillas de cielo. Los partes aventuran que apremia ya la noche pero no crean abnegados a exégetas de surcos e isobaras, o el código confuso de las torres de control. Confina el horizonte una especie de diadema en marca nívea inmóvil. ¿La ven?. Aquel surco en la pared agrieta nuestros sueños, es primera hora de mañana. Bajamos las cortinas. Disfruten del viaje.

-

paseo

19 noviembre 2011

desde que cantaba desapercibido en la ruta del autobús, y primero atravesaba el cerro desbrozado por maquinaria de la Diputación y en un salto de horizonte bordeaba el polígono con paso renqueante hasta la abigarrada estela de casas en urbanización al hilván de una vieja carretera, a Andrés los paseos por las tardes lo llevaban a nada. Entonces todo era piedra que dispersaba el afán por caminos en círculos, vagas impresiones de lo que había que hacer, pensamientos cerriles.
_ _ _

16

5 octubre 2011

El desconchado del paramento del primero, contusionado a balonazos de los críos, afligido por la crueldad de uno y otro invierno, no es lo peor. De puertas adentro hay humedades que atraviesan suelos, paredes, frisos, ventanas, que calan los huesos, que forman láminas adheridas al cuerpo como una mortaja.
Pero de noche, en las treguas del verano sin clases, de los besos furtivos al pie de la playa, saltábamos el seto que circunda el tétrico jardín poblado de trozos de hormigón roto y escombros de acera. Salvábamos metro y medio de altura con la avidez del adolescente que barrunta su próxima acción y mira el futuro en las manos. Saltábamos al interior de un balcón inhóspito como la vida en el desierto, y fugaz, de paso, pero oportuno porque a los dieciséis toda intención eran fronteras. La bruma de la preamar que anegaba el pueblo bajo el fulgor de la estrellas nos mecía en el interior de aquel paquebote de motor de ladrillo, donde tantas veces formulamos promesas y practicamos deseos.

Tráfico

30 septiembre 2011

Manuel maltrataba el acelerador invadido por el ritmo trepidante de una canción. El coche responde enfebrecido al ímpetu de cada compás, y Manuel domestica el asfalto a la velocidad de la luz tenue de la última hora del día. Tiene la barba desaliñada de hace semanas y la fuerza de una noche vencida y anclada en la sien, y cercos del alcohol cristalizado en la comisura de los labios. El gasoil se vaporiza dibujando una estela de ambigüedad a la bruma otoñal. La quinta astilla el cambio.

María se balancea en un estándar de jazz rayado en un viejo cedé mientras sueña la soledad de su cama. Una mala presentación en power point, un trabajo desapasionado en un cuarto piso, una nueva afrenta con su jefe por la mañana. La línea negra del lápiz de ojos descolla por encima de unas pestañas que abrigan una mirada exánime. La suciedad del parabrisas amarillea la senda recta y alienante del cada día a la misma hora de la vuelta a casa.

Valientes luces de semáforo que dan paso a la aurora y conminan al tiempo a hacer frío.
Clic, clic, clic, clic, una orden sincopada, nos confunde el intermitente en el lamento de una canción borrascosa mientras la lluvia lame el coche, trémulo abrigo entre los dos, móvil de nuestra huida enconada.
Nunca vamos a la vez al malecón del olvido, donde la piel tiene memoria como las horas muertas al sol. Nuestro sino no es nuestro destino sino una terminal que sale de mí y termina conmigo.

Días

15 septiembre 2011

Vaya por delante el bagaje que asedia cada nuevo paso que emprendo: cada pegada proyecta la estela de un movimiento titubeante y fugaz. La fe minusvalora por vocación la aparición unívoca de cada mañana. Los días restallarán en la memoria del tiempo postrero pese a que actualmente, al hilván del reloj, al pulso de las letras en un fútil afán de atravesar la calle y propiciar cambios audibles, se concatenan desdibujados, comprometidos por costumbre de menos a nada.
Las ciudades se construyen para vivir y luego auspician en tu favor recodos parcelados, espacios sin humos y humanos, desesperanzas urbanas.

A fraga

9 septiembre 2011

A choiva devalou o teito eléctrico e como un paxaro desamparado no negror do bosque parou de súpeto. Logo arroibouse o ceo amañando a previsión de nubes e claros da vindeira mañá. Camiñabamos perseguindo a forza do río que, obstinado contra a estiaxe, labraba o terreo como unha serra de cadeas, efervescía remuiñando entre as pedras e amosáballe ás árbores a súa cara espectral.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.